martes, 19 de agosto de 2014

Dos mil años de la muerte de Octavio Augusto (14-2014).

El ascenso al poder

Muchas eran las diferencias entre Julio César y Octavio. El primero, pertenecía a uno de los clanes más antiguos y célebres de Roma, gran soldado y estratega, mientras que el segundo descendía de una familia humilde y durante su gobierno apenas pisó el campo de batalla. A pesar de todo eso, fue Octavio, y no César, quien logró hacer que la loba se postrara a sus pies. Esto lo hizo, sobre todo, gracias a la gran prudencia que lo caracterizaba.

Octavio Augusto. Fotografía sacada de http://www.biografiasyvidas.com/biografia/a/augusto.htm


Después del asesinato de César, acaecido en los Idus de Marzo del año 44 a. C., Octavio llevó a cabo una política de acercamiento hacia las distintas facciones que pretendían alcanzar el gobierno de la Res Publica. Especialmente con los del partido cesarista y con los republicanos moderados. Esto le dio una mayor presencia y aceptación en el Senado, entre los antiguos soldados de César y entre el pueblo. Durante este primer periodo, Octavio empezó también a honrar la figura de César, lo que con el tiempo desembocaría en la deificación de su antecesor. La paz duró poco y en el 43 a. C. Marco Antonio, líder del partido cesarista, avanzó hacia Módena con la intención de derrotar al cesarista Bruto. Curiosamente, el mando del ejército que debía detener el avance del atacante fue concedido a Octavio. Tras su victoria, el joven Octavio pidió al Senado que le concediera el título de cónsul. Posteriormente, y con el beneplácito del Senado, Octavio, Marco Antonio y Lépido gobernaron la República en lo que se llamó el Segundo Triunvirato.

Una vez conseguido ese título, Octavio comenzó con la persecución y eliminación de todos aquellos que habían tenido alguna cosa que ver con el asesinato de Julio César. Para ello, contó con la ayuda de su oponente Marco Antonio. Una vez alcanzados sus objetivos, las discrepancias entre los dos triunviros (el poder de Lépido era más bien simbólico) no se hizo esperar. No obstante, se quiso paliar con una política matrimonial. Marco Antonio casó con la hermana de Octavio, Octavia, y este se desposó con Escribonia, pariente de Pompeyo. El motivo principal de este enlace era el hijo de Pompeyo que controlaba las islas de Córcega, Cerdeña y Sicilia.

Una vez más, la paz fue efímera y después de repudiar a Escribonia (38 a. C.), Octavio se casó con Livia Drusila (esta pertenecía a la familia Claudia, lo que acercó a Octavio aún más al Senado) y ocupó las tres islas que estaban bajo el dominio del hijo de Pompeyo. Posteriormente, instigó a Roma contra el único adversario digno de él, Marco Antonio. Para ello, se basó en el romance que este tenía con la reina de Egipto, Cleopatra. Lo que hizo desencadenar la guerra entre los dos adversarios fue el divorcio de Antonio y de la hermana de Octavio.

Marco Antonio y Cleopatra fueron derrotados en la batalla de Accio (31 a. C.) y un año más tarde, las tropas octavianas anexionaban Egipto. Con todo esto, Octavio se convertía en amo y señor de todo el territorio romano, desde el Océano Atlántico hasta Mesopotamia y desde el Sahara hasta Germania. Además, en el año 27 a. C. Octavio recibió del Senado el título de Augusto 'el respetable, el venerable'.

El territorio romano en la época de Augusto

El señor de Roma

En todo momento, Augusto evitó dar indicios de que el régimen republicano había pasado, de hecho, a mejor vida. El era un ciudadano más, un primus inter pares, investido con los más altos honores que podía proporcionar la República. En la persona de Octavio se concentraban los siguientes títulos:

La potestad tribunicia que lo hacía inviolable. Esta le permitía además convocar el Senado y las Asambleas populares, así como vetar a los otros magistrados.

El Imperio proconsular mayor e infinito. Con este título, Augusto pasaba a ser un “gobernador de gobernadores”, a saber, estaba por encima de cualquier otro gobernador provincial y abarcaba todas las provincias a la vez.

El de cónsul de la República. Este cargo lo ostentó desde el 33 a. C. hasta el 23 a. C. y luego en 5 y en 2 a. C.

El de Pontífice Máximo. Este lo convertía en el sumo sacerdote del Imperio.

Con todo esto, no cabía la menor duda de que Augusto era el señor de Roma.

Durante su gobierno, se llevaron a cabo numerosas reformas en el seno del territorio romano. Por ejemplo, creó el llamado erario militar que consistía en el reparto de tierras entre los legionario y así evitaba posibles alzamientos. Llevó a cabo también reformas en la administración, con la creación de dos tipos de provincias: por un lado, las senatoriales (totalmente pacificadas) y por el otro, las imperiales (donde destacó varios contingentes de tropas). Finalmente, hay que señalar que, en tiempos de Augusto, se vivió una época de florecimiento de la cultura latina, con figuras tan destacadas como Virgilio, Ovidio u Horacio en el campo de la poesía, Tito Livio en la historiografía o Vitrubio en la arquitectura.

Con estas palabras nos habla Virgilio, en boca de Anquises, de la grandeza de Augusto:

[…] Hic Caesar et omnis Iuli
progenies magnum caeli ventura sub axem.
Hic vir, hic est, tibi quem promitti saepius audis,
Augustus Caesar, divi genus, aurea condet
saecula qui rursus Latio regnata per arva
Saturno quondam, super et Garamantas et Indos
proferet imperium; iacet extra sidera tellus,
extra anni solisque vias, ubi caelifer Atlas
axem umero torquet stellis ardentibus aptum.
Huius in adventum iam nunc et Caspia regna
responsis horrent divum et Maeotia tellus,
et septemgemini turbant trepida ostia Nili.
[…]

Eneida, libro VI, vv. 789-800.

El ocaso del “Señor del Mundo”

En los últimos años de su vida, la frágil salud del emperador se fue agudizando. La mayor preocupación de este era la sucesión. Augusto no tenía descendientes varones directos y sus nietos, hijos de su hija Julia, murieron poco después de que su abuelo los adoptara. Finalmente, Octavio optó por Tiberio, hijo de Livia, su segunda mujer.

Tras una grave bronquitis, Cayo Julio César Augusto murió el décimo cuarto día antes de las calendas de septiembre, a la hora nona del día, a saber: el 14 de agosto del año 14 d. C. sobre las cuatro de la tarde en la localidad campana de Nola. Según Suetonio, estas fueron las últimas palabras del césar: “Liuia, nostri coniugii memor uiue, ac uale!” (Vida de los doce césares, libro VIII, XCIX).

En un primer momento, su cuerpo fue transportado desde Nola hasta Boviles y desde allí fue llevado a Roma. La descripción de las exequias nos la proporciona Suetonio:

[…] Uerum adhibito honoribus modo bifariam laudatus est: pro aede Diui Iuli a Tiberio et pro rostris ueteribus a Druso Tiberi filio, ac senatorum umeris delatus in Campum crematusque. Nec defuit uir praetorius, qui se effigiem cremati euntem in caelum uidisse iuraret. Reliquias legerunt primores equestris ordinis tunicati et discinti pedibusque nudis ac Mausoleo condiderunt. Id opus inter Flaminiam uiam ripamque Tiberis sexto suo consulatu extruxerat circumiectasque siluas et ambulationes in usum populi iam tum publicarat. […]

Vida de los doce césares, libro VIII, C.