El ascenso al poder
Muchas eran las
diferencias entre Julio César y Octavio. El primero, pertenecía a
uno de los clanes más antiguos y célebres de Roma, gran soldado y
estratega, mientras que el segundo descendía de una familia humilde
y durante su gobierno apenas pisó el campo de batalla. A pesar de
todo eso, fue Octavio, y no César, quien logró hacer que la loba se postrara a sus pies. Esto lo hizo, sobre todo, gracias a la gran prudencia que lo
caracterizaba.
Después del asesinato de
César, acaecido en los Idus de Marzo del año 44 a. C., Octavio
llevó a cabo una política de acercamiento hacia las distintas
facciones que pretendían alcanzar el gobierno de la Res Publica.
Especialmente con los del partido cesarista y con los republicanos
moderados. Esto le dio una mayor presencia y aceptación en el
Senado, entre los antiguos soldados de César y entre el pueblo.
Durante este primer periodo, Octavio empezó también a honrar la
figura de César, lo que con el tiempo desembocaría en la
deificación de su antecesor. La paz duró poco y en el 43 a. C.
Marco Antonio, líder del partido cesarista, avanzó hacia Módena
con la intención de derrotar al cesarista Bruto. Curiosamente, el
mando del ejército que debía detener el avance del atacante fue
concedido a Octavio. Tras su victoria, el joven Octavio pidió al
Senado que le concediera el título de cónsul. Posteriormente, y con
el beneplácito del Senado, Octavio, Marco Antonio y Lépido
gobernaron la República en lo que se llamó el Segundo Triunvirato.
Una vez conseguido ese
título, Octavio comenzó con la persecución y eliminación de todos
aquellos que habían tenido alguna cosa que ver con el asesinato de
Julio César. Para ello, contó con la ayuda de su oponente Marco
Antonio. Una vez alcanzados sus objetivos, las discrepancias entre
los dos triunviros (el poder de Lépido era más bien simbólico) no
se hizo esperar. No obstante, se quiso paliar con una política
matrimonial. Marco Antonio casó con la hermana de Octavio, Octavia,
y este se desposó con Escribonia, pariente de Pompeyo. El motivo
principal de este enlace era el hijo de Pompeyo que controlaba las
islas de Córcega, Cerdeña y Sicilia.
Una vez más, la paz fue
efímera y después de repudiar a Escribonia (38 a. C.), Octavio se
casó con Livia Drusila (esta pertenecía a la familia Claudia, lo
que acercó a Octavio aún más al Senado) y ocupó las tres islas
que estaban bajo el dominio del hijo de Pompeyo. Posteriormente,
instigó a Roma contra el único adversario digno de él, Marco
Antonio. Para ello, se basó en el romance que este tenía con la
reina de Egipto, Cleopatra. Lo que hizo desencadenar la guerra entre
los dos adversarios fue el divorcio de Antonio y de la hermana de
Octavio.
Marco Antonio y Cleopatra
fueron derrotados en la batalla de Accio (31 a. C.) y un año más
tarde, las tropas octavianas anexionaban Egipto. Con todo esto,
Octavio se convertía en amo y señor de todo el territorio romano,
desde el Océano Atlántico hasta Mesopotamia y desde el Sahara hasta
Germania. Además, en el año 27 a. C. Octavio recibió del Senado el
título de Augusto 'el respetable, el venerable'.
El señor de Roma
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| El territorio romano en la época de Augusto |
El señor de Roma
En todo momento, Augusto
evitó dar indicios de que el régimen republicano había pasado, de
hecho, a mejor vida. El era un ciudadano más, un primus inter
pares, investido con los más
altos honores que podía proporcionar la República. En la persona de
Octavio se concentraban los siguientes títulos:
La
potestad tribunicia
que lo hacía inviolable. Esta le permitía además convocar el
Senado y las Asambleas populares, así como vetar a los otros
magistrados.
El
Imperio proconsular mayor
e infinito. Con este
título, Augusto pasaba a ser un “gobernador de gobernadores”, a
saber, estaba por encima de cualquier otro gobernador provincial y
abarcaba todas las provincias a la vez.
El
de cónsul de la República.
Este cargo lo ostentó desde el 33 a. C. hasta el 23 a. C. y luego en
5 y en 2 a. C.
El
de
Pontífice Máximo.
Este lo convertía en el sumo sacerdote del Imperio.
Con
todo esto, no cabía la menor duda de que Augusto era el señor de
Roma.
Durante
su gobierno, se llevaron a cabo numerosas reformas en el seno del
territorio romano. Por ejemplo, creó el llamado erario militar que
consistía en el reparto de tierras entre los legionario y así
evitaba posibles alzamientos. Llevó a cabo también reformas en la
administración, con la creación de dos tipos de provincias: por un
lado, las senatoriales (totalmente pacificadas) y por el otro, las
imperiales (donde destacó varios contingentes de tropas).
Finalmente, hay que señalar que, en tiempos de Augusto, se vivió
una época de florecimiento de la cultura latina, con figuras tan
destacadas como Virgilio, Ovidio u Horacio en el campo de la poesía,
Tito Livio en la historiografía o Vitrubio en la arquitectura.
Con
estas palabras nos habla Virgilio, en boca de Anquises, de la
grandeza de Augusto:
[…] Hic Caesar et omnis
Iuli
progenies magnum caeli
ventura sub axem.
Hic vir, hic est, tibi
quem promitti saepius audis,
Augustus Caesar, divi
genus, aurea condet
saecula qui rursus Latio
regnata per arva
Saturno quondam, super et
Garamantas et Indos
proferet imperium; iacet
extra sidera tellus,
extra anni solisque vias,
ubi caelifer Atlas
axem umero torquet
stellis ardentibus aptum.
Huius in adventum iam
nunc et Caspia regna
responsis horrent divum
et Maeotia tellus,
et septemgemini turbant
trepida ostia Nili.
[…]
Eneida, libro VI,
vv. 789-800.
El
ocaso del “Señor del Mundo”
En
los últimos años de su vida, la frágil salud del emperador se fue
agudizando. La mayor preocupación de este era la sucesión. Augusto
no tenía descendientes varones directos y sus nietos, hijos de su
hija Julia, murieron poco después de que su abuelo los adoptara.
Finalmente, Octavio optó por Tiberio, hijo de Livia, su segunda
mujer.
Tras
una grave bronquitis, Cayo Julio César Augusto murió el décimo
cuarto día antes de las calendas de septiembre, a la hora nona del
día, a saber: el 14 de agosto del año 14 d. C. sobre las cuatro de
la tarde en la localidad campana de Nola. Según Suetonio, estas
fueron las últimas palabras del césar: “Liuia, nostri coniugii
memor uiue, ac uale!” (Vida de los doce césares, libro
VIII, XCIX).
En un
primer momento, su cuerpo fue transportado desde Nola hasta Boviles y
desde allí fue llevado a Roma. La descripción de las exequias nos
la proporciona Suetonio:
[…]
Uerum adhibito honoribus modo bifariam laudatus est: pro aede Diui
Iuli a Tiberio et pro rostris ueteribus a Druso Tiberi filio, ac
senatorum umeris delatus in Campum crematusque. Nec defuit uir
praetorius, qui se effigiem cremati euntem in caelum uidisse iuraret.
Reliquias legerunt primores equestris ordinis tunicati et discinti
pedibusque nudis ac Mausoleo condiderunt. Id opus inter Flaminiam
uiam ripamque Tiberis sexto suo consulatu extruxerat circumiectasque
siluas et ambulationes in usum populi iam tum publicarat. […]
Vida de los doce
césares, libro VIII, C.










